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  • Daniela Amelia

Tomates con Sal

Actualizado: 27 oct

Estoy haciendo un curso en Fundación CIFREP de Educación en la Naturaleza, que ha sido muy ilustrativo y seguramente me va a ayudar en tener más herramientas para poder defender mis proyectos de espacios para niños al aire libre, y me ha hecho ver algunos errores adulto centristas que había cometido en mis diseños.

En ello nos dieron una tarea sobre escribir algunas cosas de nuestra infancia y traer algunos recuerdos.

Al contar parte de mi historia a mi escritor favorito, nace este cuento, que por su puesto yo jamás podría haberlo escrito, con tal habilidad. Y quiero compartir con ustedes.





Es inevitable asociar la naturaleza a mi infancia, a pesar de que mi trabajo, mi entorno y mis principios están sumergidos en el paisaje, en la flora. Mis perros, Silvestre y Flora, me lo recuerdan cuando no estoy pensando en otra cosa que mi trabajo. Están tatuados en mi brazo, Menta Silvestre y un colibrí, en mi mano, libre, dispuesto a volar. Pero la naturaleza me lleva a recordar mi infancia. Algunas personas, mi pololo, le llamarían desarraigo. No estuve con mis padres en ese tiempo, pero yo le llamo raíces, abrigo, cuando busco recuerdos que alegren mi corazón. Mi refugio. Recuerdo a mi tía, dándome instrucciones antes de partir. Mi prima lista para emprender la aventura. Era un predio frondoso, que, luego del cercado de palos y alambres, se abría amplio y llano, entre senderos armados por las parras que sobrepasaban mi cabeza. Así de chica era. Unos ocho o nueve, o menos incluso. Lo recuerdo muy bien, pero, al mismo tiempo, se ve borroso, teñido por una película de nubes que lo mese suavemente, como una burbuja de jabón por la que vemos deformado el otro lado de nuestra realidad. Me decía que me cuidara, que no me separara de las mayores, que mirara donde pisan mis pies, pero por sobre todo que no me ensuciara demasiado, cosa que nunca llegaba a cumplir al final del día. Explorábamos la zona, que ya conocíamos a la perfección, pero, de todos modos, la explorábamos con ese aire de que siempre el terreno cambiante podría ofrecer nuevas emociones a nuestros jóvenes corazones. Cuando estábamos alegres, íbamos al rio Itata a bañarnos junto a la abuela y todas las primas. También iban mis tías. Éramos puras mujeres y por eso jugábamos piluchas sin el pudor que me invade ahora, de adulta. Quizás por eso iba el tío Mario solo a dejarnos. Mi tío Armando iba también, ahora que lo pienso, pero él es ciego y no le gustaba mucho. Decía que había que caminar mucho. Para llegar al río había que pasar por muchas piedras y no le era cómodo. Yo no sabía de acceso universal en ese tiempo. Las piedras se las llevaba a mi mamá de regreso a Santiago y le decía que, por esas piedras, lado del río, había pasado Cristóbal Colón, confundiéndolo con Bernardo O´Higgins. No le pegaba mucho a la historia. Cuando estábamos tristes y el otoño amenazaba, los bosques se veían oscuros y las hojas caducas sembraban alfombras para cobijar nuestros pasos inseguros. Recuerdo la lluvia en invierno, sin la necesidad de una parca o un paraguas, como una bendición. Una bosca al lado. Los vidrios empañados, los queques de mi tía y yo con un poncho. Yo, agradecida, igual que mi tío, para quien ello significaba buenos tomates en noviembre, no como los que como ahora, en todos los meses del año. El nunca los plantó, pero era amante de las zinnias, las que hacia florecer en verano, de tanto que cuidaba el terreno donde crecían. En verano nos recuerdo sentadas junto a la tele por las noches, viendo el festival de viña. Hubo uno en que cayó justo el cumpleaños de mi abuela. La casa estaba llena de gente y a mi no me gustaba mucho que la casa fuera invadida. Me escondí bajo la mesa. Había dejado un vaso de coca-cola en la mesa. Tendría que haberse visto gracioso. Una manito, desde las profundidades, se asomaba para tomar el vaso, beberlo y regresarlo a su lugar. No sé cómo, y sin que me diera cuenta, la bebida se transformó en vino. Fue la primera vez que me emborraché. En el sur se obran muchos milagros como ese. Me lo tomé todo de golpe. Uno más suave que el gaviotazo de Enrique Iglesias. Estuve ahí, en ese festival, y las extrañé como lo hago ahora. Mi tía había concluido con sus instrucciones. Ese día la negra me dijo que nos metiéramos al fundo del lado, el de doña panchita. Ahí la fruta siempre era más rica. Íbamos de regreso donde la tía Jully. Nos despedimos de mi tía Nelly. Sus ojos, detrás de sus grandes lentes, mostraban todo su amor y confianza, aunque por sus cejas sabíamos que ya nos había pillado sin siquiera haber cometido la maldad. Ese séptimo sentido que poseen las tías. La negra me hizo pata y nos pasamos el cerco dela vecina. Entramos agachadas, casi a punta y codo. Luego alzamos la vista para orientarnos. Nos quedaban un par de metros antes de pasar la casa. Si los perros estaban dentro, nos saldríamos con la nuestra, pero si estaban fuera, nos perseguirían dos perrotes del porte de un caballo. Ese día tuvimos suerte. No estaban. La negra, en un arranque de emoción, se lanzó sin pensarlo. Las zarzamoras estaban frondosas y llenas de frutos. Se nos hizo agua la boca. Corrimos desaforadas riendo por la propiedad ajena. Nadie nos pilló. A veces pienso que la gente de Quillón tiene inculcado el sentido de la aventura infantil, perdonándole al niño lo que al adulto castigan con furia. Recuerdo llegar donde mi tía Jully y responderle bien a todo lo que nos preguntó: «¿Y cómo les fue? ¿Cómo se portaron? ¿Por qué tienen los labios morado?» Ups. Siempre nos pillaba por cosas tontas. «¿Tienen hambre?», dijo entre risas. Conocía de años a nuestra vecina. Ella siempre se quejaba entre risas de nuestras tonteras. Fue a la cocina y nos trajo dos grandes tomates, jugosos y rojos, como dos corazones. Corrí a la mesa para echarles harta sal. Hoy en día, es la única que cosa que como con tanta sal. El sabor me recuerda a la felicidad de aquella simple vida de niña.




Ignis Fatuor, inspirado en las aventuras de Amelia. Caleu, año 3 DLP (después de la pandemia)




Esta soy yo cosechando tomates en mi casa de Lautaro, Enero 2018.



Esta es una de mis tareas de el curso, donde con materiales naturales formamos alguna cosita.

Yo veía un pececito.


Gracias por leer (L)



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